La perseverancia de los soldados japoneses en la Segunda Guerra Mundial podría considerarse cercana al fanatismo. Una sociedad que creía en el trabajo duro, la lealtad absoluta y origen divino de su emperador, solo podía crear un tipo de soldado: el que luchaba hasta la última bala y moría matando.

La rendición estaba siempre fuera de la mesa. No era una opción porque suponía una deshonra. Y eso no se podía permitir. Era preferible morir.

El 15 de agosto, Japón anunció su rendición. El 2 de septiembre se firmó la Declaración de Potsdam. La Segunda Guerra Mundial había terminado para todos los países implicados. Excepto para el teniente Hiroo Onoda, oficial de inteligencia del ejército imperial.

Hiroo Onoda de joven

AVISO: No quiero entrar a valorar en este artículo sobre quien eran los buenos o los malos, o sobre si las acciones de Onoda eran legítimas o no; solo quiero recalcar su inquebrantable determinación, la gran lealtad a la causa que consideraba legítima y su coraje.

En 1942, con 20 años y tras la entrada de EEUU en la guerra, Onoda se alistó en el ejército. Ahí le entrenaron en técnicas de guerrilla e inteligencia militar. A finales de 1944 y con la guerra vislumbrando su fin en el frente de Europa, Onoda fue destinado a la isla filipina de Lubang.

Las tropas americanas desembarcaron a finales de febrero de 1945, acabando con la resistencia de la isla. Solo quedaron 4 soldados japoneses ocultos en la isla, que se dedicaron a hacer una guerra de guerrillas, de acuerdo a su entrenamiento, y bajo el mando de uno de ellos: el teniente Onoda.

La guerra terminó en septiembre de 1945, momento en que comenzó un plan para dar a conocer el final de la contienda a grupos de soldados como el de Onoda, esparcidos por diferentes campañas. Pero Hiroo Onoda y su grupo siempre lo rechazaron: lo consideraban propaganda. Japón nunca se hubiera rendido ante EEUU.

Para ellos, la guerra continuaba. Siguieron realizando actos de sabotaje en la isla y robaban comida de aldeas cercanas. En sucesivos encuentros, mataron a alrededor de 30 aldeanos ya que los consideraban enemigos. Se organizaron patrullas para buscarlos, pero estos soldados las evitaban con éxito. Construyeron chozas de bambú y remendaban su uniforme constantemente.

Del grupo de soldados a las órdenes de Hiroo Onoda, uno (el soldado Yuichi Akatsu) se rindió en 1950 a las fuerzas filipinas, cinco años después del final de la Segunda Guerra Mundial. El segundo (el cabo Shoichi Shimada) fue abatido a tiros en 1954, nueves años después. Y el tercero (el soldado de primera clase Kinshichi Kozuka) murió también por disparos en... ¡1972!

Un estudiante llamado Norio Suzuki se propuso buscar a Onoda en la isla filipina en 1974. Tras encontrarlo, no logró convencerle de que volviera a casa. No hasta que se lo ordenaran sus superiores. Suzuki tuvo que rastrear al mayor Yoshimi Taniguchi (su superior directo) y traerle de vuelta a Lubang. Ahí consiguieron convencerle de que depusiera las armas.

Hiroo Onoda de viejo

El presidente de Filipinas le otorgó un perdón presidencial por sus crímenes, al considerar que los había realizado creyendo estar en guerra. Onoda volvió a su Japón natal y fue recibido como un héroe. La perseverancia en el cumplimiento del deber era un valor que se estaba perdiendo en esta sociedad moderna.

Onoda murió en 2014 a los 91 años, estando enfermo desde 2013 y falleciendo finalmente por un problema del corazón.


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