Con el cine nipón en pleno asalto internacional, se cumple el vigésimo aniversario de la muerte de Akira Kurosawa, el hombre que puso en pantallas de todo el mundo películas de samurais. Kurosawa nos dejó el 6 de septiembre del 1998, no sin antes obsequiarnos con sus obras maestras filmográficas.

Paradójicamente, Japón apenas repara en el aniversario del más conocido, más influyente y probablemente más temido de los directores de cine japoneses, cuya trayectoria le valió el sobrenombre de el emperador y un óscar honorífico en 1990 por títulos como Ran, Los siete samurais y Kagemusha (y otros dos por "mejor película extranjera" en Rashomon y Dersu Uzala).

Akira Kurosawa

Hoy en día, autores como Masayuki Suo y Hideo Nakata ruedan en Hollywood y Takeshi Kitano disfruta del amor incondicional de los festivales europeos, pero hace ya mucho tiempo fue Kurosawa quien por primera vez atrajo la atención del mundo hacia el cine japonés.

Se dice que el mal genio de Kurosawa es legendario; pasada ya dos décadas de su muerte comienzan a salir a la luz testimonios de personas que trabajaron a su lado que confirman esta leyenda, pero que también la matizan y explican. Por ejemplo, la asistente de Kurosawa durante casi cuatro décadas, Teruyo Nogami, que publicó un libro sobre sus años de trabajo junto a él, afirmó en una entrevista pasada que la experiencia de su participación frustrada en Tora, Tora, Tora (1970) lo deprimió profundamente.

Según Nogami, en aquella época Kurosawa bebía todas las noches y se comportaba mal. Estuvo a punto de suicidarse, tal y como hizo, cuando Akira todavía era un joven aprendiz de pintura, su hermano Heigo, una persona que tuvo gran influencia en el maestro. De modo que Kurosawa tampoco fue un dictador desalmado, sino un hombre obsesionado con las películas y la perfección.

Así lo afirma Tatsuya Nakadai, que participó en varios títulos del maestro japonés, y que confirma que Kurosawa era "un hombre que siempre trataba de hacer realidad sus películas soñadas y que desafiaba los impedimentos con valentía".

El otro gran rasgo de Kurosawa fue su amor correspondido por la cultura occidental. Adaptó a Shakespeare, Gorki, Dostoievski, Tolstoi, Ed McBain, Georges Simenon e incluso a Esquilo. Pero lo que tomó lo devolvió con creces, ya que sus películas sirvieron de inspiración o de puro patrón para una larga lista de títulos, como Los Siete Magníficos (1960), Por un puñado de dólares (1964) o Bichos (1998).

Por eso quizá, cuando en Japón ya nadie quería poner los fondos para que el emperador se los gastara en excentricidades como pintar la hierba de verde (Ran, 1985), fue gente como los rusos (Dersu Uzala, 1975) o Steven Spielberg (Dreams, 1990) los que produjeron sus películas.

Su mal genio y su debilidad por la literatura no nipona le valieron reproches en Japón, donde le acusaron de ser "demasiado occidental". Quizá es que en Japón no se le entendió. Así lo sugiere el director chino Zhang Yimou, que afirma que en las películas de Kurosawa, a quien considera su maestro, se lee "el alma de Japón".

La muerte no existe; la gente sólo muere cuando la olvidan


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